dissabte, 7 d’agost de 2010

Terry Gilliam. 12 monos


Toni García Ramón elige una cita de Peter Ustinov, para introducir su opúsculo de esta semana, dedicado a 12 monos: "La última voz audible antes de la explosión del mundo será la de un experto que diga: es técnicamente imposible".
Terry Guilliam arranca con otro aviso igual de corrosivo: "En 1997 cinco billones de personas morirán como consecuencia de un virus y los que sobrevivan abandonarán la superficie del planeta, que volverá a ser dominados por los animales". Este mensaje queda absolutamente distorsionado por otro que viene a continuación: "Declaraciones efectuadas por un esquizofrénico paranoico. 12 de abril de 1990. Hospital del Condado de Baltimore".

Si metemos estos presupuestos ideológicos en una coctelera, junto con el punto de vista de un humor inglés ácido y corrosivo, y una puesta en escena decadente, que recuerda las imágenes de la Rusia que se hundía de Tarkovski, con una sordidez imperante, tanto en los espacios interiores como exteriores ( montañas de trastos, chatarras, paredes desconchadas, aparatos herrumbosos...) el resultado es apocalíptico: fin del individualismo neocapitalista y liberal y quiebra del mito de la ciencia. La idea que todavía queda residualmente en 'aldeanos despreocupados '(McLuhan) de que al final todo lo resolverán los científicos no sólo carece de vigencia, sino que han sido precisamente ellos los que han provocado el desastre final.

Todo aquel que se atreve a disentir de la locura generalizada, de las reglas de la mayoría, es recluido en un psiquiátrico, considerado mentalmente divergente. No hay 'Bien' ni hay 'Mal', sólo opinión popular. Aunque los filmes de ciencia-ficción suelen errar en su predicción del futuro, como todo aquel que se atreve a erigirse en profeta (ahí están 2001, Una odisea del espacio, 12 Monos...), lo cierto es que sus reflexiones no son despreciables.

Terry Guilliams imaginaba que en 1997, en un mundo muy evolucionado, en el que incluso las mujeres habían alcanzado un estatus casi de igualdad con los hombres, pero que a la par iba generando unas bolsas de pobreza y criminalidad 'insostenibles', algo iba a producirse. En un tiempo relativizado, en el que el protagonista James Cole, prisionero por incumplir las normas (al contrario de lo que hoy convierte en héroes a estos personajes) viaja a través de él ,del futuro al pasado y del pasado al futuro. De un mundo subterráneo, en el que se han refugiado los supervivientes de la hecatombre, a otro igual de sórdido, en el que la criminalidad y la pobreza no auguran nada bueno. En muchos de estos filmes se nos muestra el icono de nuestra cultura, la Biblioteca de New York, bien destruida, bien utilizada como refugio de delincuentes (como el Serapeo de Alejandro Amenabar, o 1997, Escape de New York, de Carpenter) , o destruida por las aguas ( El día de mañana).

El personaje de Jeffrey Goines, interpretado por Brad Pitt, que como buen actor del método estuvo en un psiquiátrico para adaptar perfectamente su actuación a la de un enfermo mental, es el de un joven de buena familia, hijo de un científico, que está en contra de la utilización de animales en los experimentos de laboratorio, y que, con unos jóvenes de ua protectora, monta un grupo 'terrorista', cuya misión es liberarlos en todos los países del mundo. Estos animales moviéndose a su aire en New York, confundirán a Cole. El talante irónico y corrosivo del director inglés, del que hemos hablado, nos presenta a los jóvenes del grupo de los 12 Monos desconfiando completamente de un lider 'loco' y perteneciente a la élite criminal, aunque cínicamente se sirven de él.


En las idas y venidas en el tiempo de Cole, hay reiteradamente una imagen onírica de una muerte, presenciada por un niño, que no sabe interpretar, y que en realidad responde a una premonición: su propia muerte. Ésta vendrá de la mano de un científico que ve que la via desarrollista por la que se ha introducido el hombre no es sostenible, y empeñado en que sea una realidad la 'profecía autocumplida' de Marlon, pone su granito de arena y libera unos virus mortíferos que acaban con la humanidad. Esto es lo que desde el futuro quiere evitar Cole, pero un individuo no puede nadar contra corriente y morirá en el intento. Es lo único que no ha sabido prever.

Las mujeres han alcanzado un estatus elevado, en ese mundo de ensoñación que los seres humanos vamos creando, aunque la doctora Kathryn Railly (Madeleine Stowe) aún tiene que escuchar de los científicos-hombres que reúne dos características que la capitidisminuyen: ser psiquiatra y mujer, el colmo de la manipulación. El prejuicio resiste cualquier adelanto, y el temor de los hombres a ser desplazados de sus tronos, también. La doctor Railly encarnará un homenaje del director al cine de Hitchcock y al carisma de sus mujeres, en una película: Vértigo, en la que la protagonista (Kim Novack) se someterá a cierto travestismo, igual que hará después Madeleine Stowe, que usará una peluca rubia para esconder su auténtica personalidad. También hará una bonita excursión a la diégesis cuando afirma que se construye con las experiencias extradiegéticas del espectador, con el fuera de campo. El afirma que había visto esta película, pero la recordaba de otra manera; ella le matiza que tenía una edad distinta y menos experiencia acumulada, por lo que la interpretación, la lectura no podía ser la misma.










La película es un remake de una cortometraje de Chris Marker, rodado en blanco y negro, La Jetée, cuya idea compró el productor Robert Kosberg; la Universal encargó el guión a David Peoples (guionista de Blade Runner) y su mujer Janet. Por lo tanto es una película de encargo, para cuya realización se llamó a Terrence Vance Guilliam, que, a cambio de un presupuesto mínimo y un calendario ajustado, obtuvo el derecho de cut es decir, el derecho a decidir cómo iba a acabar la película, por muy pesimista y delirante que fuera.

Terry Guilliam, al que se ha comparado con un hombre renacentista, intervino, como un Juan Palomo, en todas las fases de la realización, a veces, incluso, cámara al hombro. En ese mundo de deshechos, chatarra, herrumbe, máquinas obsoletas, como de un tiempo pasado en el que todo el progreso se interrumpió, utiliza contrapicados o planos cenitales, con un sentido contrario al habitual: no para engrandecer, sino para hacer más patente la debilidad de un Bruce Willis, que babea, muestra temor, y, al final no sabe ya si está loco o si es capaz de discernir algo real. Enfundado en trajes, más cutres que futuristas, siempre herido, inestable, como los personajes de Herzog, sólo en el momento de su muerte sabrá interpretar sus sueños reincidentes.

En conclusión la película destruye el mito del desarrollo permanente de la ciencia, de la posibilidad del hombre de controlarlo todo, y de la fragilidad de una vida que depende de la salud mental y la avaricia de unos pocos. Ante estas señales de alarma el hombre prefiere alienarse, vivir al día y no pensar, deseo que formula el protagonista del filme, cuando afirma que quiere ser un hombre normal y no conocer el futuro. El hombre sigue queriendo pensar, como afirma Roland Barthes, que el universo es una caja fuerte, cuya clave es buscada por la ciencia; para otros, entre los que no se encuentra Terry Guilliams, el mundo continúa, la investigación aumenta permanentemente, y, por lo tanto es necesario reservar un papel a Dios y algún fracaso de la ciencia es imprescindible; la fatalidad de lo sagrado, de la que la investigación científica aún no ha podido desprenderse. Ahora otros profetas nos anuncian el apocalipsis, no desde la religión, sino desde la propia ciencia, que adelanta el deterioro del medio, el agotamiento de los recursos, y lo peor de todo, la avaricia del hombre.

A las mujeres nos va a pasar como aquel al que, cuando le toca la lotería se abole la propiedad privada. Cuando lleguemos a conseguir un estatus de igualdad, el mundo se acabará; el hombre, arrastrado por la avaricia que preconizaban los yuppies, que por cierto han sido barridos por lo que predicaban, no nos dejará espacio para evolucionar. El mito del desarrollo practicado hasta ahora, se ha demostrado que era insostenible. De ahí la primera crisis global con unas raíces cuya extensión aún se desconoce. Un paso adelante y dos atrás.

El efecto diegético pleno y entero, (preconizado por Gorki y descrito por Noël Burch ), culmina con una música en clave de tango, de Paul Buckmaster, músico que, sin experiencia en el cine, era notable por los arreglos de Elton John; el bandoneón será interpretado por Astor Piazzolla.
Todo nos transporta a donde el director quiere y nos hace vivir en un clima agobiante y sin esperanza de redención.









El debate sobre lo real y lo ficticio, siempre presente en el cine, se enriquece con los sufrimientos del hombre. El más intenso, el temor a la muerte, a su aniquilación como especie, que, en este caso, le viene de la mano de la ciencia, utilizada con fines espurios. Lo cual ha sido una constante a lo largo de la historia.

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