dimecres, 6 d’octubre de 2010

Mujeres cineastas. Patricia Cardoso. Las mujeres de verdad tienen curvas.


Estaba esperando el momento emocional oportuno para abordar la obra de mujeres cineastas latinoamericanas, que no han encontrado todavía la línea divisoria entre la creación de universales, válidos en cualquier país o medio social y aspectos concretos de determinadas culturas.

Patricia Cardoso, colombiana formada en la UCLA, Los Ángeles, sorprendió al mundo entero con su ópera prima Las mujeres de verdad tienen curvas, basada en la obra de teatro de la mejicana Josefina López. Nos recrea el ambiente de un barrio del Este de la ciudad de Los Ángeles, poblado de emigrantes mejicanos, e introduciendo su cámara en un hogar típico de este colectivo plantea varias cuestiones básicas: el modelo de sociedad patriarcal y el control de la economía familiar por parte del hombre; el esteticismo que desempodera a las mujeres que no se ajustan a sus cánones y la libertad de la mujer para decidir sobre su futuro y su sexualidad; la integración de las segundas generaciones en la sociedad de acogida.

La protagonista, Ana, es una chica nacida ya en los Estados Unidos, fuerte, decidida, bien formada, que puede aspirar a estudiar becada en una de las mejores universidades del Estado. Pero en su camino se encuentra con grandes obstáculos, y el mayor de ellos es su propia madre. Esta mujer, cascada por la vida, llena de prejuicios y con un miedo horrible a que su hija algún día se avergüence de la familia, anteponiendo sus propios intereses, prefiere ver a su hija convertida en una esclava, ignorante y casada con un hombre de su nacionalidad a que se independice económicamente y se forme profesionalmente. Usa exvotos, imágenes de santos, especialmente San Antonio, el patrón de los casamientos, para que Ana consiga pronto un marido; no duda en desempoderarla constantemente llamándola gorda, y reclama la atención de la adolescente con enfermedades o embarazos imaginados. Esta visión de la vida choca frontalmente con la idiosincrasia dominante de un país moderno en el que se ha desarrollado la hija, que necesariamente tiene que verla de otra manera.

La hermana mayor se ha introducido por el mundo de la pequeña empresa y cose trajes para otras más grandes que la ahogan, e incluso hace sus pinitos para introducirse en el mundo de la moda como diseñadora. Todos los trajes que confecciona están entre la talla 34 y 38. Agobiadas por los impagos del alquiler, la luz y los escasos salarios hay un detalle que no pasa desapercibido para el buen observador: el padre, hombre afable y que aparentemente está dominado por su esposa, aunque apoya las pretensiones de la hija, es el que tiene la llave de la caja fuerte del hogar; Ana le pide que ayude a su hermana a salir de su pequeña crisis, y sólo entonces se muestra sensible y presta el dinero necesario. Todos son conscientes de la situación, las mujeres trabajan en el taller, pero él no se percata, por lo que se ve, de nada. Es difícil de entender.

La joven adolescente, un día en que el calor asfixiante está a punto de acabar con unas mujeres, encerradas en una nave entre los vapores de las planchas, y ante la imposibilidad de poner en marcha los ventiladores para que no se estropeen los vestidos, Ana se quita la ropa, muestra sus grasas y michelines e incita a sus compañeras a no esconder su cuerpo, a no avergonzarse de él, puesto que las mujeres de verdad tienen curvas. La mojigata madre sale despavorida.

Ana tiene un plan: terminada la colección de su hermana, marchará a Nueva York e ingresará en la Universidad de Columbia, le pese a quien le pese; su madre se encierra en su cuarto y no le da la bendición que la adolescente reclama. Lo más positivo del film es verla caminar erguida, empoderada, satisfecha, como una señora orgullosa (como por otra parte le habia enseñado su madre ), por las calles de la magna ciudad.


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