dimecres, 20 d’octubre de 2010

Jonathan Dayton. Pequeña Miss Sunshine.El desempoderamiento múltiple.


Cuando fuimos a ver el film de Jonathan Dayton, Pequeña Miss Sunshine, sin referencias previas, al terminar la proyección fuimos espectadoras involuntarias de un hecho insólito: el público, puesto en pie, aplaudió. El que más o el que menos se sintió identificado con alguno de los personajes, bien fuera porque no se adaptaba al canon de belleza establecido, porque había sufrido el desamor, se había sacrificado inútilmente por un espejismo, no llegaba a fin de mes y tenía una carraca por coche, etc.
Cada uno de los personajes representa un mundo por sí solo, pero todos como uno sólo se ponen en marcha para cumplir el deseo de una niña, influenciada por los medios televisivos: participar en un concurso de belleza en California. Ninguno de ellos se ajusta el modo de representación institucional, la sermiradaidad brilla por su ausencia, los roles son intercambiables, pero en su lugar oímos hablar de Proust o de Nietzsche. Primera cuestión a debatir con nuestros jóvenes.

El pater familias, Richard (Greg Kinnear) un buen hombre, que milita en la ideología dominante y vende un programa para triunfadores, es incapaz de dar un estatus cómodo a su familia, le genera complejos e hipocondrías y se atreve a llamar perdedor a su cuñado, Frank (Steve Carell), que tras un intento de suicidio por la ruptura con su pareja (masculina) se recupera en casa de su hermana; la madre, Sheryl (Toni Colette), de espíritu avanzado y muy tolerante, cuida como puede a su familia, sin estar demasiado pegada al ámbito privado del hogar.

La niña, Olive (Abigail Breslyn), es censurada por su padre, porque a sus siete años le gustan los helados, y estos contienen grasas; como hemos dicho Richard está inmerso en la vía del triunfo que no admite gente gorda en sus filas. Olive es una niña normal, en la que su cuerpo todavía no se ha esculpido, aunque constantemente sufrimos cambios y generalmente hacia peor. Es un auténtico promotor de traumas, pero deberá asumir su propio fracaso, cuando retiren su programa simplemente porque es un desconocido que no le importa a nadie.

Dwayne (Paul Dano) es un joven que estudia en el Instituto, admirador de Nietzsche, que tras varios meses disciplinándose duramente para entrar en una escuela de pilotos, descubre en un juego que es daltónico y no puede presentarse a las pruebas. Toda la familia tiene sus reservas respecto a que juzguen a la niña un puñado de analfabetos y la humillen sólo por ser una niña con su cuerpo en formación. Pero lo más monstruoso es ver a todos ese grupo de pequeñas pintarrajeadas y vestidas como adultas, espectáculo auténticamente pornográfico. Pero la niña sorprende a todos con un número, que le ha enseñado su disipado abuelo, que muere en el viaje, de streeptease de lo más inocente. La hipócrita organizadora, que no siente ninguna vergüenza de manipular a menores para hacer su negocio, intenta interrumpir la actuación. Al preguntarle al padre qué hace su hija, este responde: darles una acción. Toda la familia de desempoderados, al unísono, sube al escenario y se solidariza con la pequeña. Les dejan marchar con la condición de que nunca vuelvan a inscribir a su hija en un concurso de belleza en California. La respuesta de Frank, profesor de Universidad, número uno en el estudio de Marcel Proust es contundente: Creo que podremos vivir sin eso.

Uno de los momentos cumbres del film es la conversación que mantienen Dwayne, tras su trágico descubrimiento, y Frank. El joven le dice que quisiera dormir hasta los 18años y que ya se hubieran pasado los tiempos del Instituto. Su tío le da una clase que no tiene precio: Marcel Proust fue un auténtico fracasado, nunca tuvo un trabajo, un desastre en el amor y además era gay. Estuvo veinte años escribiendo un libro que ya casi nadie lee, pero quizás sea el mejor escritor desde Shakespeare. Llegado al final de su vida decidió que toso esos años que sufrió habían sido los mejores de su vida, porque lo moldearon ..¿Los años de felicidad ?. Perdidos, no aprendió nada. El instituto son tus mejores años de sufrimiento; en tu vida sufrirás tanto.

El muchacho reflexiona y llega a la conclusión de que la vida es como un concurso de belleza, en el que no quiere participar; si quiere volar ya encontrará la forma de hacerlo.
Estos días he tenido alguna que otra experiencia gratificante en este sentido: algunos jóvenes que han sido alumnos míos, y con los que me he peleado algunas veces, han venido a clase y han querido sentarse un rato en el aula, ocupando sus antiguos asientos; no podemos dejarles hacer eso, contraría las normas, pero si hemos permitido unos minutos de búsqueda del tiempo perdido. Como dice Frank fueron los peores años de sufrimiento que han dejado sus agradables frutos.

No es consuelo de tontos, pero muchas personas sufren por diferentes causas y todas ellas tienen el mismo origen: una sociedad patriarcal dirigida por hombres ricos, blancos, sin enfermedades y si es posible (que rara vez lo es) guapos; si no lo son se rodean de belinas para adornarse, como si fueran las guindas de los pasteles.

No hagáis caso del que os llame fracasados, lo más seguro es que ellos sean los mayores de todos, por mucho que intenten esconder su Talón de Aquiles; debemos educar a nuestros jóvenes para dar más que para recibir: respeto, comprensión, tolerancia...No es extraño que muchos educadores hayan elegido este film para la educación en valores de sus alumnos.


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