diumenge, 10 d’octubre de 2010

John Carpenter. La niebla. Las heroínas


John Carpenter y Debra Hill hicieron La niebla inspirados por un triple y loable propósito: narrar con la cámara, dar miedo sin mostrar la causa y cambiar el modo de representación de la mujer en el cine, que, convertida en heroína, pasaba de ser salvada a salvar a los hombres y mujeres amenazados. Alguno de estos objetivos los alcanzaron sin dificultad, el fracaso en otros les obligó a re-montar el film y rodar nuevas secuencias; aunque John Carpenter afirma en el making off que no trabaja para la prensa, ni se deja condicionar por las crítica, observó que el resultado no era lo suficientemente inquietante y a él le gusta dar miedo al público, lo que consiguió, con el triple objetivo citado, en La cosa, esta vez sin mujeres. Esta claro que a temprana edad ya entendía la esencia del cine y cuál es el sujeto de la enunciación en este modo de representación de la realidad; la literatura debe evocar en nuestras mentes aquello que nos quiere transmitir, desde la ubicación de la historia en el espacio y en el tiempo hasta la ambientación y el desarrollo de los personajes, con el único instrumento de que dispone: la palabra. El cine goza de una gran arma: la imagen. ¿Cuántas palabras harían falta para describir ciertos gestos o miradas ?

Además, estos directores, conscientes de la realidad que les circunda, utilizan el lenguaje de ficción para hacer las críticas más acerbas y corrosivas, sin ser panfletarios. El film comienza con una cita de Edgar Allan Poe: "Todo lo que vemos o percibimos es sólo un sueño dentro del sueño". Carpenter añade: "Si cuando despiertas, ves que no estás en tu cama y sigue la visión, ¡ huye !". La suya es una visión onírica que contamina la realidad, frecuente tópico en la literatura.

El director y su guionista quieren hacer de la niebla un personaje, siniestro y maléfico, que tiene vida y color y que esconde algo auténticamente aterrador porque no puedes darle forma; la idea de un enemigo anónimo y amorfo contra quien no puedes luchar es aterradora, nos sobrepasa, y evoca los monstruos de Lovecraft, fuerzas desconocidas que nos acechan en las sombras. El hombre teme sobre todo a lo desconocido. Su fotógrafo, Dean Cundey, lo describe así: John tiene una faceta siniestra que está en toda su filmografía; es un narrador que construye la diégesis con imágenes, cuenta historias con la cámara; no rueda planos estrafalarios o exagerados, sino que se centra en lo esencial, es su secreto. En cada plano o secuencia refleja un momento de la narración o crea una respuesta emocional, usando todo lo que el cine le permite utilizar: la imagen, la música, los efectos sonoros, el montaje...todo lo que marca el estilo de la película.

Las mujeres van a jugar un papel primordial; son mujeres hawkasianas fuertes, que priorizan su papel en la sociedad sobre sus obligaciones en el ámbito privado del hogar, en un cineasta que se complace en mostrar en la pantalla al anti-héroe. Desde la mujer que lleva sola la radio en un faro, sin forma fálica, la KAB de Anthony Bay, y que encomienda a otros la salvación de su hijo, con el objetivo de evitar la hecatombe de su comunid
ad, hasta la alcaldesa, interpretada por la mítica actriz de Psicopis, Janet Leigh, que aunque preocupada porque su marido no ha rregresado a casa, continúa con su agenda oficial. La actriz es madre en la vida real del personaje que interpreta Jamie Lee Curtis, que decide interrumpir su viaje y colaborar en una acción en la que un solo hombre y un niño participan.

Carpenter, debido al bajo presupuesto, rueda en exteriores y usa un formato panorámico de Panavisión, muy contestado por los actores, sobre todo en los primeros planos; pero él sabe rellenar los huecos para emblematizar a sus personajes, mejorar la representación del carácter coral del film y trasladar al espectador la
sensación de soledad en que se halla el hombre en determinadas circunstancias. Su película es un guiño a Con la muerte en los talones de Alfred Hichcock; la escena del faro reproduce, en palabras del director, la escena en el monte Rushmore, en la que Adrianne está en el tejado y los fantasmas la persiguen.

La tragedia que padece la población turística de Anthony Bay, en la costa californiana, tiene su origen en la avaricia y el egoísmo del hombre. Un viejo cuenta una historia a unos niños, a las doce de la noche en la playa: "Hace cien años, un 21 de abril, en las aguas que rodean Spivey Point, navegaba un velero que se acercaba a tierra y de pronto se vió envuelto por la niebla, de modo que aquellos hombres no podían ver nada, pero al fin divisaron una luz; era una columna de fuego ardiendo en la orilla tan potente como para atravesar los remolinos de bruma. Enfilaron la proa hacia aquella luz, que resultó ser una hoguera semejante a ésta. El barco se estrelló contra las rocas, su casco se partió en dos y se hundió con todos los hombres a bordo. En el fondo del mar reposa desde entonces el Elizabeth Dane con toda su tripulación, con los pulmones llenos de agua salada y los ojos abiertos mirando fijamente en la oscuridad. En la superficie, con la misma rapidez que llegó, se fue aquella niebla, retirándose mar adentro y jamás volvió a aparecer. El día que vuelva la niebla, los hombres de Spivey Point se alzarán y buscarán la hoguera.

Cien años después el pueblo de Anthony Bay celebra el centenario de su nacimiento, pero el padre Malone tiene un secreto; cuando acude la alcaldesa a realizar los preparativos, le habla del diario de su antecesor el reverendo padre Patrick Malone, que junto a otros conspiradores, había cometido un crimen contra la humanidad. Un hombre rico de la zona padecía una enfermedad horrible, la lepra, e intentaba, con su dinero mejorar la situación de los enfermos, creando un lazareto, donde ahora se alza Athony Bay; parte de su fortuna la entrega a este grupo de mafiosos y con otra compra un barco, el Elizabeth Dane. Pero el cura le traiciona a él y a la compasión que su ministerio le exige, y el 20 de abril se reune con cinco hombres más y planean la destrucción del buque siniestro y de sus tripulantes. El día 21 comienza a penetrar la niebla, enviada por el diablo, en cuyo interior se encuentran los fantasmas, cubiertos de vendas y con cabezas agusanadas, que reclaman su tesoro arrebatado: todo el oro había sido fundido y con él los criminales habían construido una cruz de oro, que los fantasmas exigen para descansar en paz. El actual padre Malone paga el daño que causó su antecesor. Muy clásico, como podrán percibir los conocedores de las tragedias greco-latinas. Los fantasmas de Apitchapong Weerasethakul, cineasta tailandés, en el film El tio Bonmee que puede recordar sus vidas pasadas, Palma de Oro del pasado Festival de Cannes, recuerdan demasiado a estos harapientos de ojos rojos de Carpenter.

Esta cinta demuestra que los cineastas de finales del 70 y del 80 tenían mucho que decir; eran auténticos autores que querían controlarlo todo, incluso la música, como hace en el film John Carpenter. Hoy otros tratan de seguir la senda de estos realizadores, como nuestro Alejandro Amenabar. Se ha hecho un remake por Rupert Wainwright, muy mal tratado por lsa crítica.




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