dimarts, 12 d’octubre de 2010

Clarence Brown. Ana Karenina. La mujer en el Ancien Regime.


Es muy fácil apuntarse a ganar y alabar las bondades del director Clarence Brown y la actuación estelar de Greta Garbo, pero a veces me gusta jugar a perder. El problema de Ana Karenina de León Tolstoi es que representa demasiado para mí, es mi Rosebud, mi añoranza de un tiempo perdido en la que buscaba en los libros un poco de esperanza de un mundo mejor; León Tolstoi retrataba un tipo de aristócrata que aspiraba a reformar la sociedad ante una revolución que cada vez se veía como más inminente.

Ana Karenina era una mujer de ese medio aristocrático afrancesado que se adelantó a su tiempo, que fue ante todo eso, una mujer, que amó, se liberó y sufrió un tremendo castigo, de acuerdo con las reglas de una cultura y sociedad dominantes en un sistema que agonizaba, el antiguo régimen, cuyo último baluarte era Rusia, y fue, precisamente en este país, donde se produjo la primera revolución socialista. Hombre y mujer cometieron el mismo 'crimen', pero en este contexto miserable, en el que las mujeres eran a la vez víctimas y verdugos de sí mismas, se lanzaron las 'Furias' exclusivamente contra ella y la apartaron de lo que más quería: su propio hijo Sergei. Una de las secuencias que representa mejor lo que yo siento por este personaje es la de la ópera, en la que sufre el desprecio de una vulgar mujer. Lo que entonces desconocían estos 'personajes' es que estaban viviendo sus últimos días de atropello y prepotencia y que se estaba configurando un mundo en el que las mujeres optarían incluso por no casarse para no perder ni un ápice de su libertad.

Ana Karenina no tiene rostro, está en el de cada mujer que ama su propia vida y su facultad de elegir qué papel quiere representar en ella, aunque, como el personaje de Tolstoi, deba pagar un alto precio por ello. Todos, hombres y mujeres, debemos congratularnos de que se hayan superado una ideología y unos hábitos sociales que puedan acorralar a un ser humano y 'empujarle' a quitarse la vida tirándose al tren. La historia de Ana Karenina camina inexorable como un tren por su vía: en el tren conoce a Alexei, en el tren se quita la vida, pero como decía Juan Manuel Serrat en su palíndromo Tarres Serrat, la maquina seguía pita, pita...y caminando, y acabó arrollándolos a todos y llevándose con ellos la hipocresía, la maledicencia y la falta de caridad por el ser humano de esta gente.

No me gustan las adaptaciones literarias al cine, si el director no sabe traer un viento fresco, usando la obra sólo como excusa, como leitmotif, aunque se rodee del mejor equipo. León Tolstoi dejó una obra inigualable, un monumento a la lucha por la igualdad de hombres y mujeres, consciente o inconscientemente, y su más profundo desprecio a un grupo de privilegiados que las condenó y castigó, pero que miraba con avidez al hombre de posición como objetivo para la conquista de sus retoñas casaderas; el hombre 'tampax' con el que puedes bailar, nadar, ir al teatro e incluso...contraer matrimonio. Pero en su crimen, en su falta de sensibilidad para comprender qué sufrimientos tenía que soportar su compañera y lo que había perdido al otorgarle su amor, estaba su castigo. También a él le perseguirán las 'Furias' por la falta de solidaridad con su amante.

Much@s leerán con asombro este post, pero es lo que siento y honradamente debo decir; Greta Garbo fue una gran actriz, que hizo muy bien un papel que para mí es imposible de interpretar sin defraudarme; el director ha sabido captar con su cámara una sociedad patriarcal en la que los hombres se emborrachaban hasta desfallecer, ante los últimos rostros impenetrables de unos criados que no tardarían en rebelarse. Las mujeres contemplaban estos excesos con naturalidad complaciente. Nunca el hombre (rico.por-supuesto) volverá a disfrutar este estatus del dios, libre y con posibilidad de poner sus ojos sobre cualquier mujer, de cualquier rango o edad.




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