dilluns, 4 d’octubre de 2010

John Derek. El nacimiento de la mujer de plástico


Volver la vista atrás es nocivo para tu equilibrio emocional, a pesar de que te permite comprobar que, aunque a paso lento, la sociedad avanza, pero entrar en el universo de John Derek puede producirte úlcera de estómago. Además de crear un tipo de hembra superquirofanada, con pómulos sobresalientes y atributos femeninos destacados que tanto daño ha hecho a muchas mujeres, la película Bolero me humilla como paisana de la 'piel de toro'.

Una joven rica que acaba sus estudios universitarios decide perder su virginidad con un machoman, le da igual que sea árabe que español; este film ha sido calificado de drama erótico, cuando en realidad es un montaje continuado de fotos de la Bo; pero no es precisamente ésto lo que me escandaliza. Lo que me ataca a los nervios es comprobar como un pueblo puede venderse por un plato de lentejas. En vez de Bolero, título que no entiendo, se podía haber llamado Paletos a gogó, aunque en estos tiempos de transición nos gustaba dar esa imagen.

La protagonista llega a España y encuentra (como no) al hombre-hombre al que entregar su virginidad, en el mundo del toreo; se habla de gitanos, pero en realidad parecen pijos de la milla de oro de Madrid, que tienen caballos con trencitas que caracolean, plazas privadas, ganado y una bonita mansión, así como dos mujeres o tres, pobres y desempoderadas, que están enamoradas de él y no pueden competir con la rica y despampanante Bo. Alguien se encarga de decir que lo que le gusta a nuestro pueblo es ver correr la sangre, cuando el verdadero disfrute está en la contemplación del arte del toreo que sólo pueden apreciar la rica americana y su 'traidora' amiga española, encarnada por Ana Obregón.

Tras la inevitable cogida, ella que es una mujer de armas tomar, se encarga de la hacienda y aprende el arte de enfrentarse al toro. No tiene desperdicio.

Sería un buen film, poniéndole un poco de ropita con photoshop, para defender la pervivencia de esta manifestación artística en nuestra tierra. Corrían los años ochenta y algunos extranjeros nos trataban todavía como paletos, aunque se preocuparon de buscar un torero guapo y pijo que no ceceaba ni seseaba. Vamos, un prodigio.

Todo ésto y más nos hemos tenido que tragar las mujeres. Otras han pasado por todos los quirófamos posibles para modificar el físico con el que han nacido, aumentando pómulos, reduciendo narices, abultando pechos y otras barbaridades, en lugar de aprender a aceptarse. Vistas en perspectiva, estas películas dan verguenza ajena.

Convendría que muchas jóvenes vieran no sólo el físico, sino el contexto que incita a su modificación.


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