diumenge, 24 d’octubre de 2010

Luis Buñuel.Diario de una camarera

Muchas veces te encuentras en clase con la tremenda dificultad de trasladar a los alumnos la idea de que lo que no hagan ellos por ellos mismos no lo va a hacer nadie. Desde la asignatura de latín, una de las más formativas en valores de la civitas, aprenden, sin populismos baratos, que hasta los movimientos más extremos a su izquierda ( la siniestra en esta lengua clásica) están dirigidos por las élites sociales. Esto será así mientras ellos no decidan a tomarse en serio su formación (aconsejamos ver Queimada de Gillo Pontecorvo).

Muchos directores comprometidos con la honradez, como Godard o Robert Redford ('Corderos por leones"), incitan a los jóvenes a hacer algo, algo creativo por supuesto, pero a hacerlo de verdad. Volviendo a la Roma Antigua, los ciudadanos se dividían e
n patricios y plebeyos, y se puede estudiar al detalle como los líderes que se encontraban en la facción de los plebeyos, los populares, (permítase en este caso la redundancia) eran patricios que de alguna manera habían traicionado los ideales 'republicanos' del 'partido' de los Optimates, los Boni, a los que William Shakespeare llamaba 'Hombres honrados'. Este gesto lo pagaron muchos con sus vidas. No es despreciable el hombre que, desde una posición económica acomodada , se arriesga por mejor la situación de los más desempoderados.

Una tarde de sábado en la que la cartelera está muy empobrecida en la ciudad de Valencia, por la celebración de la Mostra de Cine', que para nosotras carece de interés, decido tirar de videoteca y me siento a ver D
iario de una camarera de Luis Buñuel, cineasta de reconocido prestigio universal, admirado entre otros por nuestro querido Tarkovski.

El film es de una belleza que resiste perfectamente el paso del tiempo y que prueba qué sensibilidad artística y qué claridad de ideas había detrás de la cámara del aragonés. Cada fotograma podría
adornar las paredes de cualquiera de las habitaciones de nuestra casa. Sabe captar la elegancia, la sermiradaidad clásica y contenida de una camarera que viene de París y entra en un mundo rural, antiguo y tosco, en el que sus clases altas han caído en una especie de sopor y degradación: insatisfacción sexual, fetichismo, ignorancia, inactividad. Pero tampoco la servidumbre se queda corta en su ignominiosa degradación; acostumbrada a vivir con los 'señores' y experimentar vicariamente sus lujos ha acabado por adquirir sus vicios e incluso superarlos en su emulación, llegando, uno de ellos a formar parte de un grupo de radicales, fascistas, cuyo lema es : ¡Abajo los metecos!

En un sólo día se pro
ducirán dos acontecimientos destacados: la muerte del 'pater familias', el señor Rabour, un fetichista empedernido y enfermizo, abrazado a unos botines de mujer y la violación y asesinato en un bosque de una pequeña, Claire; claros exponentes de este mundo en decadencia son el pisaverde Sr. Monteil, (Michel Piccoli), que abusa de todas las mujeres a su servicio y su arrogante mujer, que apoyándose en el cura de la parroquia, prefiere elevar sus pensamientos ad caelum para obviar lo que sucede en sus miserables pagos. Estos son los hombres que a sí mismos se llaman 'optimates' y que el pueblo ignorante denomina 'hombres honrados'. Tras estos acontecimientos Celine (Jean Moureau ),-así se llama la camarera parisina-, tras tomar la decisión de marcharse a París, conocida la muerte de Claire, decide quedarse y averiguar quién la ha matado. Pero no podemos esperar un triunfo en una sociedad tan rígida en un film de Buñuel.

Si muchos filmes del de Calanda son autobiográficos, como no puede ser de otra manera, éste lo es especialmente. Baste leer sus memorias, Mi último suspiro, en las que se define como nieto de un ' labrador rico ' ( es decir, que te
nía tres mulas ) e hijo de un hombre que hizo fortuna en Cuba y que al regresar a este país misérrimo se casó con una joven de 18 años, teniendo él 43, y con la fortuna obtenida en el país caribeño compró muchos campos y construyó una casa decó (amueblada y decorada al gusto de la época, aquel 'mal gusto' que ahora reivindica la historia del arte, y cuyo mas brillante representante fue en España el catalán Gaudí) y una Torre (especie de chalé). Hasta qué punto estaban empobrecidos los españoles de esta época lo confirma el hecho de que un pequeño empresario, que tenía una ferretería,pudiese adquirir estas propiedades con el producto de unos pocos años de esfuerzo en el Nuevo Mundo. Su situación le permitió enviar a estudiar a Madrid a su hijo Luis y alojarlo en la Residencia de Estudiantes, donde trabó amistad, entre otros, con García Lorca y Salvador Dalí. Ésta era la España que dolía a la Generación del 98: un pueblo de ignorantes con unas cuantas mentes privilegiadas. Unos murieron a manos de los insurgentes (García Lorca), otros huyeron al exilio (Luis Buñuel) y otros se acomodaron bien en la dictadura (Salvador Dalí).

En estas Memorias Buñuel va desgranando el ambiente y casi el argumento
del film que comentamos. Se puede decir que en el pueblo en que yo nací (...) la Edad Media se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Era una sociedad aislada e inmóvil, en la que las diferencias de clase estaban bien marcadas. El respeto y la subordinación del pueblo trabajador a los grandes señores, a los terratenientes, profundamente arraigados en las antiguas costumbres, parecían inmutables. La vida se desarrollaba horizontal y monótona, definitivamente ordenada y dirigida...Ya tenemos el contexto en el que se va a desarrollar la historia; sólo ha cambiado el escenario, que ahora es Francia, y la época: vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

Los campesinos, convencidos de que la carroña enriquecía la tierra, no enterra
ban a los animales(...) Todos los hombres llevaban una navaja metida en la faja(...) y la muerte hacía sentir constantemente su presencia y formaba parte de la vida, al igual que en la Edad Media. (...) La religión era omnipresente, se manifestaba en todos los detalles de la vida (la Señora Monteil recibe el mandato del cura de no sentir placer cada vez que la requiera el marido; esta represión la pagará cualquiera de las sirvientas, con plena conciencia de la esposa, por muy poco agraciadas y dotadas de pulsión escópica que fueran); Santo Tomás pensaba, incluso, que el acto del amor entre marido y mujer constituye casi siempre un pecado venial, ya que es imposible ahogar toda concupiscencia. Y la concupiscencia es mala por naturaleza. El deseo y el placer son necesarios, ya que así lo quiere Dios; pero habría que desterrar del acto carnal toda imagen de concupiscencia ( que es el simple deseo de amor ), todo pensamiento impuro,en favor de una sola idea: traer al mundo a un nuevo servidor de Dios. A todo ello se unía el que la botella de aguardiente pasaba de mano en mano (...). Si mezclamos ignorancia, navajas, superstición y alcohol ¿q podemos esperar?

Buñuel declara que esta prohibición implacable crea un sentimiento de pecado que puede ser delicioso; es el contrapunto de la feroz opresión sexual; en 1917, en las fiestas del Pilar,un café de Calanda contrató camareras. Durante dos días, aquellas muchachas, consideradas de costumbres ligeras, tuvieron que soportar los rudos pellizcos ( pizcos en aragonés) de la clientela, hasta que se hartaron y se despidieron. Desde luego, los clientes no iban más allá del pellizco. Si hubieran intentado otra cosa, en seguida habría intervenido la Guardia Civil. Éste es el retrato del personaje de Celine, (Jeane Moureau) , en el medio social de aristócratas terratenientes franceses, cuya respuesta a la l
lamada del sexo no difiere mucho de la del rudo campesino, pero su poder para sofocar los lamentos de las víctimas goza de la complicidad de la policía y los jueces, que prefieren dar mayor credibilidad a la palabra de los señores, esos 'hombres honrados' de Shakespeare.

La familia al completo-por lo men
os diez personas- íbamos todos los días a La Torre en dos jardineras. Aquellas carretadas de chiquillos alegre se cruzaba con frecuencia con niños desnutridos y harapientos que recogían en un capazo el estiércol con el que su padre abonaría el huerto. Imágenes de penuria que, al parecer, nos dejaban totalmente indiferentes (...) Su vida era ociosa y sin amenazas y se pregunta: Si yo hubiera sido uno de aquellos que regaban la tierra con sudor y recogía el estiércol, ¿ cuáles serían hoy mis recuerdos de aquel tiempo ? . Aquí tenemos a la pobre Claire, hija natural probable de el más miserable de los siervos y que vive con una ¿tía? que 'cuida' de ella; sólo Celine la mima y la trata con cariño.

Nosotros éramos seguramente los últimos representantes de un muy antiguo orden de cosas . Escasos intercambio comerciales. Obediencia a los ciclos. Inmovilidad de pensamiento (...) Hoy en Calanda ya no hay pobres que se sienten los viernes junto a la pared de la Iglesia para pedir un pedazo de pan. El pueblo es relativamente próspero, la gente vive bien. Hace tiempo que desapareció el traje típico, la faja, el cachirulo a la cabeza y el pantalón ceñido. Las calles están asfaltadas e iluminadas. Hay agua corriente, alcantarillas, cines (¿cuántas películas que revelaban estas verdades fueron prohibidas por los curas de los pueblos?) y bares. Como en el resto del mundo, la televisión contribuye a la despersonalización del espectador. Hay coches, motos, frigoríficos, un bienestar material cuidadosamente elaborado, equilibrado por esta sociedad nue
stra, en la que el progreso científico y tecnológico ha relegado a un territorio lejano la moral y la sensibilidad del hombre (...) Yo tuve la suerte de pasar la niñez en la Edad Media, aquella época 'dolorosa y exquisita' como dice Hauysmans. Dolorosa en lo material. Exquisita en lo espiritual. Todo lo contrario de hoy.

Creo que no se puede describir mejor el espíritu que anima el film que comentamos que con las palabras del propio autor. Pero es también aquí donde se revela ese espíritu elitista, egoísta e interesado que ha animado a muchos intelectuales de la 'izquierda'. Debemos alabar el hecho de que a pesar de todo sufrieron por denunciar estas situaciones. Pero esa exquisitez espiritual esconde una gran miseria moral: los que padecían el dolor en lo material eran también los mayores receptores de los abusos nada ricos moralmente de los que estaban por encima de ellos, que escondían las más bajas pasiones de hombres a los que Shakespeare llamaba 'honrados', siguiendo la tradición de la antigüedad defendida por los autodenominados 'optimates' (los mejores de la ciudad ).

Hoy, hombres modernos que ya no aceptan estas humillaciones intelectualmente, como Stephen Daldry en su película The Reader, en la que,tras denunciar la complicidad de demasiados alemanes en el holocausto del nazismo, pone en boca de un estudiante una de las acusaciones más graves, que más o menos viene a decir que, aceptando que no se enteraran de nada, una vez revelado el crimen, por qué no se suicidaron y pudieron seguir viviendo con esa tremenda culpa. También la iglesia debe cargar con la responsabilidad de tantos años de silencio y pedir perdón a la humanidad por sus excesos ejercidos sobre niños que les eran confiados.

Hay que agradecer a Buñuel su cine y sus denuncias, realizadas con el mejor lenguaje cinematográfico que el mundo ha conocido, pero los jóvenes de hoy, en lugar de quejarse tanto, en una sociedad que les da oportunidad de aprender tienen la obligación de adquirir la suficiente formación para ser líderes de sus reivindicaciones y devolver a sus padres en fo
rma de satisfacción los esfuerzos y humillaciones que han tenido que soportar para educarles. Entonces ya nadie se atreverá a decir que se ha acabado la exquisitez intelectual basada en la miseria moral impuesta y la ignorancia de la mayoría de los hombres. Un exquisito existe donde hay millones de desinformados.

Las mujeres, el elemento más débil de esa sociedad patriarcal fueron las depositarias de todos los traumas, debilidades,excesos e incluso crímenes de esa sociedad patriarcal fundamentada en una rígida jerarquía, con 'derecho de pernada' para los señores. Una de las secuencias más tristes del film de Buñuel es aquella en la que el Sr. Monteil abusa de una joven, nada atractiva, pusilánime, a la que trata como a cualquier animal indefenso de su propiedad.

Es sorprendente que transcurridos tantos años, aún podamos extraer enseñanzas de un cineasta, que murió en Ciudad de México en 1983, que le acogió en su exilio involuntario. Aunque la película es una adaptación cinematográfica de una novela de Octave Mirbeau, que ya llevó al cine Renoir, Buñuel deja en ella su impronta tan característica.


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