dimecres, 3 de març de 2010

Bergman IX. Saraband : la despedida




A vueltas con Bergman, siempre con el objetivo de conocer profundamente la trayectoria del maestro que influyó, inflye e influirá en cineastas, pensadores y público de todos los tiempos. Nos encontramos frente a frente con su última obra, la que cierra su ciclo vital y que es una reflexión de toda una vida, la del autor, y los fantasmas que le atormentaron; su concepción del mundo (wetanschaung teorizada por Dithey) con su obsesiones y personajes , interpretados por sus actores fetiche: Erland Josephson y Liv Ullmann.

José Enrique Monterde ( Elogio de la densidad, Cahiers de Cinema, febrero de 2010) cita a Alexandre Astruc, en el momento en que celebró la trayectoria de Alfred Hitchcock: "Cuando un hombre, desde hace treinta años y a través de cincuenta filmes, explica más o menos siempre la misma historia (...) me parece difícil no admitir que uno se encuentra por una vez ante lo que, después de todo, hay de más raro en esta industria: un autor de filmes". E·stas palabras son perfectamente aplicables a la trayectoria de Ingmar Bergman que en 2003 se despedía definitivamente de las pantallas con Saraband. Al final de su vida y de la que presentía sería su última obra, no dudó en rodar con cámara digital y abandonar los 35 mm., con una actitud de defensa de su independencia y libertad creativas insobornables a sus 85 años (la misma edad que el protagonista de la cinta).

No creo que se trate de un recorrido nostálgico por su pasado, sino de una despedida de un análisis sincero al final de la vida de un hombre, que por fin se quita la máscara. Comienza y termina con Marianne, antigua esposa de Johan, hablando a la cámara, más que haciendo enunciados, confesándose al espectador, por lo que el film es un gran flash-back en el que está ausente el rencor ( ya no hay ni tiempo ni energía para ello) , sino sólo la ternura hacia una persona que se ha amado sin ser merecedora de ella. En los diálogos, fruto de las conversaciones entre los cuatro personajes, surje de nuevo la imposibilidad de la pareja, e incluso los choques dolorosos entre padres e hijos ( Johan-Henry , Henry-Corin) y las mujeres víctimas de esa sociedad patriarcal que impregna a los hombres de educación luterana.

Johan comienza a dibujarse como un ser egoísta, desleal con su ex-mujer, cuando era joven, y despectivo e incapaz de mostrar el mismo sentimiento (aunque en el fondo lo pueda desear) cuando ya es viejo (tiene 86 años, mientras ella sólo 63); no ha visto nunca a ninguna de las hijas que ha tenido con Marianne, una de las cuales tiene una enfermedad mental irreversible y está ingresada en un psiquiátrico, mientras la otra ha roto sus raíces y ha emigrado a las antípodas (Australia ). La relación de Corín,tras la muerte de la mayor víctima de la historia, su madre Ana, con su padre Henry, que la vampiriza, es la más cruel. Tímidamente se sugiere que no sólo la chantajea para no estar solo, sino que abusa sexualmente de ella; en un momento la besa en la boca, como nunca lo haría un padre y ella se aparta violentamente y se llimpia. Corín, violonchelista con talento, sufre el tormento esquizofrénico entre iniciar una carrera en la música o seguir con un padre débil, que intenta suicidarse cuando ella se va.

Pero la clave sigue estando en Johan. Las víctimas de una sociedad patriarcal no son sólo las mujeres, que lo son, sino también sus hijos. La confesión que le hace a Marianne es terrible: "Henry nunca se ha caracterizado por hacer las cosas bien, ni siquiera ha sabido suicidarse. Jamás me gustó su forma de ser, me parecía ridículo cómo actuaba; un niño gordo, me rodeaba con un amor asquerosamente pegajoso. Reconozco que durante mucho tiempo lo ignoré; de crío era devoto como un perro faldero, no podía soportarlo. Es incomprensible que tuviera el privilegio de amar a Ana y de que ella le correspondiera".

Hombre egoísta, que maltrata a un niño sin madre, y que lo maltratará siempre que pueda hasta la edad madura, incluso ante su intento de suicidio, que desprecia que Marianne le demuestre ternura, que ya no amor, y lo visite en el lugar aislado, aunque bello, donde se ha retirado con sus libros, sus comodidades, su música; esa sensibilidad hacia las mujeres guapas ( su nuera, su nieta...) a las que trata muy tangencialmente, aunque mejor, le hace deleznable. Nos demuestra que no siempre la inclinación por las bellas artes lleva aparejada la sensibilidad que su pleno disfrute exige.

Como se había producido al inicio, las gentes se juntan por azar, luego se separan y más tarde...el olvido. Esta actitud ya no la puede modificar un viejo, y tras la marcha de Marianne, aunque todos se había prometido estar en comunicación constante e incluso viajar juntos a Venecia, de nuevo la cotidianeidad se impondra y traerá otra vez el silencio.

Sólo hay una secuencia en la que Johan llora su vida errónea, tras desnudarse moralmente ante Marianne y poner al descubierto la incapacidad de amar a sus hijos; buscará la compañía de su ex-mujer, ambos se desnudan, en este caso físicamente, muestran sus cuerpos desnudos y se dan un poco de calor humano en la cama. Es lo único que les queda. Es terrible ver la decadencia de Josephon o Liv Ullmann frente a sus apariciones en Pasión o Secretos de matrimonio

Es un universal la existencias de hombres incapaces de amar a otra persona que no sea la suya propia; se rodean de comodidades, que sólo están dispuestos a compartir, siempre que los demás no les molesten, pero que estén ahí cuando los necesitan, Pero, si se van, pues también les da igual. Si alguien los quiere es a pesar suyo. Ese egoísmo, no propio de la vejez, se acrecienta con ella. La contrapartida es una soledad aceptada. Nunca hicieron felices a nadie, pero tampoco les importa ni se justifican por ello ya que no lo merecen.



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