dijous, 25 de febrer de 2010

El castellano, una lengua de caballeros. Article de Marcela Lagarde

Un rey, un presidente y tres Premios Nobel renovaron en Zacatecas un pacto juramentado: la castellana o española, es lengua creada por hombres, su norma proviene de un forcejeo entre hombres, y tiene a hombres por hablantes o interlocutores. Es más: pactaron que el castellano es la lengua de un solo sujeto pese a la diversidad nacional y hasta étnica que mencionaron, pero al fin y al cabo la erigieron como la lengua de un único ser simbólico: el hombre. Todos ellos se miran más en el arcaísmo feudal de Don Quijote -rebelde, irracional, arbitrario, autoritario, violento y misógino-, que en la modernidad de Cervantes, crítico subversivo de su lengua y su cultura. Estos caballeros de los poderes político y literario son incapaces de concebir la pluralidad deconstructiva de la fosilización androcéntrica y desconocen la diversidad genérica.
 
Dice Paz: "Los hombres somos hijos de la palabra. Ella es nuestra creación; también es nuestra creadora; sin ella no seríamos hombres". Si se le cuestionase por su elocuente androcentrismo, quizá respondería que su uso de la palabra hombre no es restrictivo ni excluyente, que abarca también a todas las mujeres. Tal vez afirmaría que al decir ser hombres se refiere al ser de los hombres y las mujeres. Paz podría imaginar que el ser y el existir de mujeres y hombres abarcan especificidades invisibilizadas en la palabra hombre, tan asociada a los hombres concretos, a sus valores, historias, imaginarios y a su dominio especialmente sobre las mujeres. O también incluye una liberación, expresada por hombres, que nos excluye a nosotras y a más y más personas, mujeres y hombres, a quienes nos es difícil reconocer ambos géneros en el singular hombre.
 
Incontables mujeres construimos desde hace por lo menos dos siglos nuestra identidad de género, marca de nuestra condición humana específica. Al dotar a la palabra mujer de una historia hasta ahora misóginamente silenciada e inferiorizada, la hemos resignificado y la hemos hecho imprescindible en todo discurso abarcador. Es evidente que la condición masculina resulta limitadísima y equívoca para representar y simbolizar a las mujeres; además, el uso generalizador y homogeneizador de hombre viene de la pretensión de entronizar a los varones en cuantas identidades someten a su regencia.
 
Paz formula además una andrología universal de parentesco: "...somos los padres y los abuelos de otras generaciones que, a través de nosotros, aprenderán el arte de la convivencia humana: saber decir y saber escuchar". Pero cada generación, aunque lo ignore quien también es hijo de mujer, está formada por hijas, madres y abuelas, y nosotras, en la cotidianidad mucho más que los señores, transmitimos la lengua materna y enseñamos a decir, a escuchar, a vivir en nuestra cultura.
 
Saber decir y saber escuchar requiere mirar a las mujeres y escuchar sus voces que recuerdan a los cancerberos de la lengua que el castellano, a diferencia de otras lenguas, enuncia los géneros e indica si quien existe, nombra, crea, goza, trasciende, es mujer o es hombre; y además, permite saber el número que expresa colectividades genéricas: las mujeres, los hombres.
 
El hombre universal no es una construcción lingüística sino filosófica y política, con la que se subsume la categoría mujer en la categoría hombre, y se desaparecen todos sus contenidos de especificidad humana. Se construye en la historia, en las mitologías, las religiones, a través de las políticas de dominio y sus ideologías cotidianas. Los procesos que traicionan la pluralidad del castellano se nombran en esta lengua cultura patriarcal. No nos identificamos con ella; por eso con la a, con las otras formas del femenino y con la evocación de lo femenino, hacemos referencia a nuestro género. Si lo hiciera el Premio Nobel en su enumeración de los hablantes de la lengua, habría también una argentina, una chilena, una mexicana (en vez de un argentino, un chileno, un
mexicano...).
 
Nuestra lengua contiene hace por lo menos mil y un años ambos géneros y los traía consigo desde un mínimo de otros mil años atrás. Es preciso tenerlo presente porque, en efecto, "la lengua es el signo mayor de nuestra condición humana", que es condición femenina tanto como condición masculina.
 
La lengua expresa las tradiciones patriarcales de quienes la hablan, y su expresión se concatena con la lógica de la jerarquización del pensamiento y los valores. De esta manera, los recuerdos de los hombres de cultura patriarcal se estructuran igual que su discurso: por ejemplo, su amor por la palabra, afirma Paz, nació al oír hablar a su abuelo y cantar a su madre. Aunque seguramente primero oyó su lengua materna de voz de su madre, fundante de su condición humana pero desplazada como tal en el relato.
 
Tal vez García Márquez suscriba la iniciativa feminista de que devuélvanos a la lengua castellana el esplendor esdrújulo y la elocuencia democrática de sus géneros. Y también la de que eliminemos, con lo que comparte con muramos de siniestro, lo que de devastador, funesto y perverso tiene el término hombre cuando, en lengua patriarcal, suplanta en singular a cada una de los millones de mujeres y a cada uno de los millones de hombres en su diversidad.
 
Los usos misóginos del léxico y de la gramática pretenden, en efecto, simplificarnos y simplificar las palabras y sus contenidos. Hay pues que humanizar las hablas, las conciencias, los imaginarios, las relaciones y todo lo que la lengua expresa, al reconocer a las mujeres y a los hombres, a las niñas y a los niños, a los viejos y a las viejas, a las humanas y a los humanos, aunque nos tardemos con las frases más largas. Porque para las mujeres, humana es la más bella palabra de nuestra lengua.
 
Estas nuevas botellas arrojadas a la mar anhelan seducir a quienes, mujeres y hombres, desean que la equidad también alcance al verbo de la gente, no al de los dioses y jerarcas. Una nueva convivencia, concordante con la historia vivida por millones y acorde con el fin de una era y el inicio simbólico del tercer milenio, exige la decisión de dejar de transmitir una filosofía que violenta al castellano y mutila a la humanidad. Y también la de incorporar a nuestra lengua la marca de este tiempo, y la de realizar el anhelo feminista de construir un mundo de igualdad entre mujeres y hombres, un mundo incluyente en que la diversidad sea riqueza vital y lingüística.
 
Remontar el siglo y el milenio mediante la crítica patriarcal será menos difícil para las mujeres y para los hombres que existimos y somos, en castellano pleno, femenino y masculino.
La transformación lingüística convocada por la reflexión feminista confluye con la caducidad del pacto de caballeros andantes obstinados en excluir quijotesca y señorialmente a las mujeres. Otros pactos de humanas y humanos emergen cada día en la gran diversidad del castellano, como emergen en maya y en francés, en quechua y en sueco, en chino y en inglés, en las miles de hablas del mundo.
Las lenguas se fortalecen cuando, cambiando siempre, expresan la heterogénea multiplicidad de experiencias de sus hablantes, más aún si son más quienes la leen y la escriben. Pueden, en cambio, debilitarse y desaparecer si se imponen en ellas normas y usos que no concuerdan con las aspiraciones, las necesidades y los deseos de las mujeres y los hombres que viven, piensan y sienten a través de sus propias hablas.
 
El castellano transita sin duda por las vías de la modernidad en tanto que incorpora la democracia genérica y la democracia vital con que se están suprimiendo en ella el racismo, la xenofobia, el clasismo, el sexismo y la misoginia aún prevalecientes.
  • Marcela Lagarde es etnóloga; doctora en Antropología; profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México; coordinadora de los Talleres Casandra de Antropología Feminista; asesora de diversos organismos internacionales y de organizaciones de mujeres de América Latina y de España; autora del libro «Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas», Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1990, y de múltiples trabajos de investigación sobre la condición de la mujer y la situación de las mujeres, así como sobre política y género.
 Guía rápida para un lenguaje no sexista [PDF]

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