dimecres, 3 de febrer de 2010

Ingmar Bergman IV. Secretos de un matrimonio


Una de las obsesiones de Bergman es la imposibilidad de perduración de la pareja y la fugacidad del amor, al que sigue la destrucción de la persona, las humillaciones, el vacío, la soledad...Pero lo que hace especial este film es la puesta en escena, en la que tiene mucha influencia la experiencia del autor en el medio televisivo.
La escena inicial nos muestra al matrimonio en un plano de conjunto, posando ante un reportero gráfico, cuya cámara fotográfica es también la cámara que filma la propia escena, haciendo que los personajes miren hacia ella, es decir hacia el espectador, mientras la periodista que realiza la entrevista se dirige a alguien que está fuera de campo. El recurso de mirar a la cámara, conativo, es propio de la televisión y no del cine, aunque algunos autores, como Woody Allen también lo utilizan para apelar al espectador e implicarle en la historia narrada.

Así pues, el origen del filme es una serie televisiva, y como ya hemos dicho Bergman conoce muy bien uno de los mitos de la "ideología" dominante en este medio: el directo; lo que pretende es presentar los acontecimientos como si se estuvieran produuciendo simultáneamente, lo que garantiza su veracidad, su edrteza. El objretivo es convertir un efecto de verosimilitud , de verdad.
Pero su discurso totalizador- sapiente sobre el problema universal de la pareja, en tono de ejemplo-moralizante , oculta la mediatización del autor sobre su trabajo. Vuelve el pesimismo de Bergman, enraizado en una tradición que identifica el conocimiento como una forma de condena (Michel Sineux. Positif. París 1975). Ciertamente Bergman profundiza mucho en la problemática del hombre, y no deja de atormentarme lo poco que reflexionamos sobre estos temas actualmente; deberíamos hacer un ejercicio de reflexión.
Marianne sueña , en el umbral entre la conciencia y la inconsciencia, y tiene pesadillas por la destrucción de su familia, núcleo de su seguridad y justificación de su existencia.





Bergman manifiesta aquí cierto conformismo, al buscar un mediador universal, como siempre hace, con personajes que no dialectizan, sino que están inmersos en un ensimimamiento burgués, por lo que la ficción queda reducida a unas retórica vulgar y melodramática.

Cuando Bergman hizo esta película no pudo ni imaginar el nivel de automatismo irreflexivo al que está llegando esta sociedad, que no sólo no dialectiza, sino que puede admnitir un argumento y su conbtrario, sin sentir la más mínima inquietud.


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