dijous, 22 d’abril de 2010

La maternidad en Roma


Hace muchos años tuve la oportunidad de escuchar en Valencia al insigne historiador francés Pierre Vilar y dijo algo que quedó muy grabado en mi mente adolescente: la gente siempre tiende a pensar que las cosas han sido siempre igual a como las vive en su momento. El propio ser humano tiende a olvidar los enormes sacrificios que muchos otros hombres y mujeres han tenido que realizar para ir conquistando, muy poco a poco, espacios de libertad.

La mujer romana no sólo no tenía nombre que la identificara como ser individual, sino que se la llamaba por el nombre de su gens, o familia en el sentido más amplio; si en una casa nacían varias niñas, recibían el distintivo de maior, minor, tertia...Además siempre estaban sometidas a la patria potestas del padre, marido o hijo, aunque algunas de ellas ejercieran en la sombra un extraordinario poder sobre los hombres de su entorno, pero eran casos muy excepcionales. Ya hemos dicho en otro lugar que en los espectáculos ocupaban lugares señalados para ellas, junto con otro grupos de marginados sociales, lo cual conocieron nuestros alumn@s en su reciente visita a la ciudad eterna.

En una primitiva división del trabajo, los hombres eran productores, cazadores, y las mujeres se dedicaban al cuidado del hogar y la familia, por lo que se les atribuye la invención de la agricultura o la cerámica, grandes hitos en el progreso humano. Pero, no nos hagamos muchas ilusiones, hoy sigue existiendo esa gran división y son muy pocas las mujeres que se sientan en los Consejos de Administración de la grandes empresas, y sólo en el ámbito oficial con gobiernos de signo progresista se alcanzan altos grados de paridad, sobre todo en los puestos más vistosos.

Cuenta la leyenda que los fundadores de Roma, Rómulo y Remo, eran hijos de una Vestal., que se salvó de una muerte atroz diciendo que el padre de los niños era el dios Marte. Las vestales eran sacerdotisas encargadas de vigilar el fuego sagrado de Roma y velar por los testamentos de los romanos, por lo que debían permanecer vírgenes hasta los treinta años, ya que se supone que no debían distraerse con coqueteos, lo que no inpedía a los hombres ganar batallas, competir en el cursus honorum y un largo etcétera. Titus Livius en su magna obra Ab urbe condita (Liber I) cuenta esta leyenda, pero manteniéndose escéptico comenta que es posible que la mujer que los crió fuera una prostituta, que en Roma llamaban lobas.

Pero una de las situaciones más crueles que debía superar una mujer romana era que fuera su marido quien decidiera la suerte que debía correr su pequeño vástago al nacer.Fernando Lillo Redonet (Un salmantino en Roma. Ediciones Clásicas. Madrid 1992) narra de forma muy amena, para alumnos de enseñanza secundaria este hecho:

"Antes te hablaré del nacimiento de Porcius. Entre los romanos es una desgracia no tener descendencia y cuando se da esta circunstancia en familias de alta alcurnia, lo más normal es que se adopte a un niño. Este no es el caso de mi familia anfitriona. Ya sabes que el nacimiento no significa gran cosa para la familia: el momento cumbre se produce cuando el padre reconoce a su hijo levantándolo del suelo (pater tollit infantem). Desde ese momento se compromete a criarlo y educarlo.

No todos los padres reconocen a sus hijos: en ese caso los exponían, esto es, los abandonaban a su suerte. Existe en Roma la columna lactaria, donde se dejan abandonados muchos niños. Algunos son recogidos y criados para más tarde ser explotados."

De ahi viene el nombre de Expósito que se da a los niños abandonados, de los que no se conoce el nombre de los padres. Así pues, volviendo al principio, no siempre es un hecho alegre la maternidad, sino una auténtica desgracia para la mujer, que es separada de sus hijos y marginada por unos principios morales que eximen al hombre de toda responsabilidad. Hoy, en 1910, hay quien sigue viendo a la madre soltera como una apestada. (Se aconseja buscar el programa "De buena ley" celebrado hace muy poco en TV5 ).

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