divendres, 20 de novembre de 2009

BUDA EXPLOTÓ POR VERGÜENZA



Los ciudadanos del mundo desarrollado, estrella polar errática de la humanidad, contemplamos las aflicciones de los hombres desde la perspectiva del maltratador y nunca nos ponemos en la piel de la víctima de todas las humillaciones. ¿Qué siente una mujer objeto de todas las humillaciones imaginables? Vergüenza, vergüenza de proclamar al mundo que no la quieren, que no merece el respeto ni por su atractivo, ni por sus méritos personales. Por eso calla y trata de pasar inadvertida, ser invisible para los demás, aun sabiendo que esta actitud puede tener consecuencias irreversibles. ¿Qué siente una persona a la que se ha negado la educación? Vergüenza, vergüenza de admitir que su discriminación ha tenido como consecuencia la ignorancia. ¿Qué siente un campesino que ama su tierra cuando ve que se la destruyen? Vergüenza de aparecer como un paleto ante los señoritos de los adosados que surgen como setas. Después viene lo peor: el pánico, el miedo a la discriminación, a engrosar el mundo de los apestados, de los intocables, a pasar su vida avergonzados por algo de lo que incluso han llegado a conseguir que se sientan culpables. Culpables ¿de qué? Culpables de consentir, de su pobreza y desamparo que llevan a cuestas como si fuera algo genético.
Pero la gran virtud de esta película es que este mundo, tan injusto, es visto con la mirada de los ojos inocentes de una niña, de seis años. Esta niña no conoce aún la vergüenza, es demasiado pequeña, ni sabe lo que es el pánico. Es capaz de hacer grandes recorridos para ir a la escuela, para vender huevos o pan a cambio de un cuaderno y un lápiz. ¡Cómo se reirían de ella aquellos que no tienen más que pedir lo que sea para que una turba se ponga en marcha para complacerlos! Pero la inocencia (innocens = que no causa mal, que no sabe) de la niña produce el milagro, el milagro de hacernos sentir la vergüenza que no podemos transferirle a ella, salvo que seamos unos desvergonzados.
Por tanto, es aconsejable que todos aquellos que se preocupan por la vida y la dignidad de las personas pierdan un poco de su tiempo para reflexionar sobre esta realidad, y no estaría mal que sintieran un poco, aunque sea compasivamente, la vergüenza por su propia responsabilidad y no intenten trasladársela a la víctima.

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